El número 307 siguió esperando sobre la mesilla incluso después de que Clara despertó.
No fue un sueño reconfortante ni profundo. Fue la inconsciencia que llega después de demasiadas noches en guardia: el cuerpo que finalmente cede sin pedir permiso. Cuando abrió los ojos, la luz de la habitación azul tenía la claridad plana del mediodía. El papel con el número 307 seguía doblado en cuatro sobre la mesilla de noche, donde lo había dejado antes de apagar la lámpara.
No lo tocó.
Escuchó la mansión