Leonardo borró el mensaje tres veces antes de decidir enviarlo.
No porque las palabras fueran difíciles de encontrar, sino porque cada versión sonaba, al releerla, a una exigencia disfrazada de cuidado. La primera decía que necesitaba saber cómo estaba. La segunda preguntaba si podían hablar. La tercera, la que más lo avergonzó al verla escrita, empezaba con la palabra espero y terminaba pareciendo una orden con signos de interrogación. Las borró todas. Se quedó mirando el cursor parpadeando en