Seraphina
La vibración de los motores del avión subía desde el suelo y se instalaba en la planta de mis pies. Era un zumbido constante que adormecía los nervios. Me mantuve con los ojos cerrados, pero no estaba dormida. Era imposible. El recuerdo de Alessandro presionándome contra la pared de mármol de mi suite era una herida abierta en mi mente. Sentía el pulso en mis labios, una presión fantasma que se negaba a desaparecer.
Él estaba a menos de dos metros de mí. Podía olerlo: el aroma del café negro y el cuero de su chaqueta. Escuchaba el sonido de sus dedos golpeando rítmicamente la pantalla de su tableta. Era un sonido seco, impaciente.
Isaac e Ivan se habían retirado a la sección de literas en la parte trasera del jet para descansar unas horas. Estábamos solos en la cabina principal. Las luces se habían atenuado a un azul profundo, convirtiendo el interior del avión en una cápsula aislada del resto del mundo.
Abrí los ojos muy despacio. Alessandro no estaba mirando su tableta. Es