Alessandro
El sol entró por el ventanal de mi estudio con una violencia que me obligó a cerrar los ojos. No había dormido. Mi cuerpo estaba cargado de una energía estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. El sabor de Seraphina seguía presente en el fondo de mi garganta, un rastro dulce y metálico que el whisky no había podido borrar.
Me toqué el hombro. La venda estaba tensa. Los puntos de sutura tiraban de la piel con cada movimiento, pero el dolor físico era insignificante comparado con la presión que sentía en las sienes. Había roto mi propia estructura. Había permitido que el impulso anulara la estrategia.
«Fue un error táctico», me repetí, aunque el peso en mi estómago decía lo contrario.
Miré la pantalla de seguridad. Estaba sentado en su cama, con la mirada fija en la pared. No se movía. No lloraba. Su quietud era la de un animal que ha aprendido a mimetizarse con el entorno para no ser detectado.
La información que me había dado sobre Ginebra seguía quemando en