Ariadna observaba la casa mientras Daniel bajaba las valijas del auto. El viento soplaba con una fuerza creciente, agitando su abrigo y desordenándole el cabello.
—¿Usted cree que esto lo soportará? —preguntó con voz tensa, abrazándose a sí misma mientras el aire se volvía cada vez más violento.
—Quiero creer que sí, señora —respondió él con un tono grave—. Por eso la enviaron aquí.
Un hombre los esperaba junto a la entrada. Les abrió la reja sin decir palabra. Comenzaba a lloviznar. La casa, a