Alejandro caminaba lentamente por la orilla del río, acompañado por Roco, su fiel perro. La brisa fresca golpeaba su rostro, pero no lograba despejar la tormenta de pensamientos en su cabeza. Aún no podía creer lo que Ariadna le había revelado. ¿Su padre había sabido todo ese tiempo que ella estaba viva? No, no podía ser cierto. Se negaba a aceptarlo.
Mientras tanto, Máximo llegaba a la casa como una furia. Apenas había entrado por el portón.
—Explícamelo. ¿Qué sucedió? —preguntó Máximo sin sal