La misa había concluido. El murmullo de las últimas oraciones todavía flotaba en el aire mientras Ariadna permanecía en la puerta de la iglesia, estrechando manos, regalando sonrisas cansadas. El incienso se mezclaba con el aroma de la lluvia que amenazaba en el cielo encapotado. Vestía un elegante conjunto negro, sobrio pero impecable, y su expresión serena ocultaba el torbellino que llevaba dentro.
—Don Rafael,gracias por venir —dijo ella, tomando con calidez la mano del hombre mayor.
—Le ten