Horas despues Ariadna regresó a Las Animas, cruzaba la sala cuando escuchó las palmadas secas de Máximo o.
—Debo admitir que eres rápida y eficaz —dijo él, sarcástico.
—No sé de qué hablas —respondió, sin mirarlo.
Pero algo llamó su atención: un jarrón de cristal lleno de rosas frescas. Se acercó, tomó la tarjeta. Eran de Antonio Alzaga. Sonrió con ironía. El idiota había caído.
Máximo salió a buscar a Mateo. Quería saber absolutamente todo.
Esa noche, Ariadna cenó sola. Máximo no apareció