¡Te has vuelto loca, Ariadna! No permitiré que hagas semejante estupidez —gritó Máximo, golpeando con el puño la mesa.
Ella se puso de pie con una calma peligrosa. Arrojó la servilleta con elegancia sobre el plato y lo miró con frialdad.
—Tú eres el que ha perdido la cabeza si piensas que necesito tu aprobación. No te tomes atribuciones que no te he dado —replicó, con voz cortante.
Máximo no se dejó intimidar. También se levantó y la siguió hasta tomarla del brazo con fuerza, tirando de ella