Ariadna regresó a su casa pasada la medianoche. El aire frio de Pereyra aún parecía aferrarse a su ropa. Al entrar, dejó las llaves sobre la consola de la entrada y apenas dio dos pasos cuando lo vio. Máximo estaba sentado en la sala, con el rostro ensombrecido por la luz tenue del velador. La observó en silencio. Su ropa estaba empapada y cubierta de barro.
—¿Todo en orden? —preguntó él, sin moverse del sillón.
Ariadna lo miró sin sorpresa.
—Sí. Alejandro sabe la verdad. Toda la verdad... Sabe