DAMIÁN
Llevaba dos horas mirando el mismo pedazo de papel arrugado sobre mi escritorio.
En ese papel estaba escrita con tinta negra la dirección exacta del departamento de Bruno. Liam me la había entregado ayer en la tarde.
Pero no me había movido de la maldita silla de mi despacho.
Era un cobarde de primera, tenía pánico de volver, tocar esa puerta y que me la cerrara en la cara o peor, ver el odio absoluto en sus ojos otra vez y terminar de romper lo poco que quedaba de mí. Llevaba un par de