ISABELLA
La cena en el jardín de nuestra nueva casa debía ser una despedida formal antes del caos de Madrid, pero Damián y yo apenas podíamos quitarle los ojos de encima a los mellizos, que ya dormían en sus moisés cerca de nosotros, pero mi atención se desviaba constantemente hacia la punta de la mesa. Bruno y Valeria llevaban toda la noche sin lanzarse ni un solo dardo venenoso; se mantenían en un silencio que se sentía más como una tregua que como indiferencia.
—Nena, estás cansada —susurró