ISABELLA
—Lo trajimos de vuelta —dijo el doctor, saliendo por fin del cubículo. Su voz sonó rasposa, cansada, pero fue lo más hermoso que he escuchado en toda mi maldita vida—. Su corazón respondió a la tercera descarga eléctrica, ya lo estabilizamos.
Sentí que las rodillas cedían, si no fuera por Liam que me tenía agarrada fuerte de la cintura por la espalda, me habría caído. Solté un sollozo tan profundo que me desgarró el pecho, escondiendo la cara en la camisa de mi amigo.
—Gracias a Dios —m