La atmósfera en la mansión Cavalli se había vuelto irrespirable, cargada de una electricidad estática que precedía a la tormenta definitiva.
Sebastián sabía, gracias a los microfonos que Marcus había instalado, que su tía Lucía planeaba el movimiento final para el viernes, no podía esperar sentado a que ella dictara las reglas del juego necesitaba que Lucía se sintiera lo suficientemente segura como para cometer un error público, algo que ni sus contactos en la junta directiva ni sus abogados