El silencio que siguió a las palabras de Malachi fue tan denso que el zumbido del aire acondicionado corporativo sonó como un rugido.
Elias Graves se quedó estático, con el dedo suspendido a milímetros del interruptor inútil. La soberbia que había sostenido su rostro durante décadas se desmoronó, dejando al descubierto la fragilidad de un anciano acorralado.
Victoria, a su lado, emitió un jadeo ahogado. Sus ojos enjoyados se movieron frenéticamente hacia la puerta de la sala de juntas, como si