Malachi, con los dedos aferrados a los barrotes de mi celda, se tensó de tal manera que las costuras de su traje parecieron a punto de romperse. Su respiración era un silbido animal, contenido, peligroso.
—Halloway... —siseó Malachi hacia el intercomunicador de su solapa, su voz bajando a una frecuencia letal—. ¿Dónde está el pulso de interferencia?
—A diez segundos de cargar, señor —la voz de la secretaria resonó desde algún lugar del pasillo, oculta en las sombras del bloque de aislamiento—.