Narrado por Noah
La habitación del hospital clínico de Milán era espaciosa, aséptica y absurdamente costosa, pero para mí no era más que otra celda de confinamiento. Faltaban menos de veinticuatro horas para que me ingresaran al quirófano. Las pruebas preoperatorias habían terminado, los cirujanos habían revisado mis radiografías por centésima vez y el doctor Baldini me había dado un discurso ridículamente optimista sobre las altas probabilidades de éxito de la intervención en mi columna. Todo