DALIA
La tarde había transcurrido tranquila, llena de pruebas de flores y catálogos, hasta que la puerta de la mansión se abrió de golpe.
Una mujer entró con pasos elegantes y mirada altiva. Su cabello rubio caía como seda sobre sus hombros, sus ojos azules brillaban con frialdad. Su porte lo decía todo: familia de dinero, acostumbrada a que el mundo se inclinara ante ella.
—Buenas tardes —dijo con voz melosa, aunque sus ojos tenían un filo cortante.
—¡Mariana! —exclamó Alessia, poniéndose de p