ENZO CALASSI
El dolor fue lo primero que sentí al despertar. Un ardor en el costado, punzante, quemándome como hierro al rojo vivo. Mi respiración era pesada, cada movimiento un recordatorio de que estuve a segundos de morir. Abrí los ojos, y el techo blanco de mi clínica privada me dio la bienvenida como si fuera un maldito milagro.
—Señor… —la voz grave de Raid me sacó de la bruma. Mi leal sombra estaba allí, como siempre, con la mandíbula tensa y los ojos inyectados de preocupación.
—¿Cuánto