VALERIO VISCONTI
El avión aterrizó con un rugido seco, y con él mi paciencia. El viaje había sido largo, pero nada comparado con los días desde que encontré el cuerpo de Sonia. Mi amore. La mujer que me había prometido eternidad y a la que le arrebataron la vida en una bodega fría, como si no valiera nada.
Venía con un único propósito: encontrar a sus hijos para decirles que su madre había muerto y terminar lo que ella no pudo, su último deseo.
Porque si algo sabía de Sonia, era que no descansa