VALERIO VISCONTI
La habitación olía a vino viejo y a ceniza de tabaco. La lámpara sobre la mesa lanzaba un círculo de luz débil que apenas rozaba las cosas: la botella, la copa a medias, el paquete de fotos extendido como un mapa de memorias. Sobre mi pecho, colgaba un relicario pequeño —la cadena fría pegada a la piel—; dentro, un mechón diminuto y un poco de cenizas de Sonia. Lo tocaba de vez en cuando, como si el metal pudiera devolverme un latido que ya no estaba.
Deslicé las fotografías en