ADRIANO
La cena nunca me supo tan deliciosa como esa noche. No por la comida —aunque la abuela Susan siempre se luce con sus recetas—, sino porque la tenía a mi lado. Dalia, mi Dalia, sentada junto a mí, con esa sonrisa tímida que trataba de ocultar cada vez que me sorprendía mirándola demasiado.
No me importaba que los demás estuvieran presentes; no solté su mano ni un solo segundo. La acariciaba con el pulgar, disfrutando de su calor, de su vida. Y cuando el plato de carne llegó frente a ella