VALERIO VISCONTI
La noche estaba tranquila. El cielo despejado, con una luna enorme que parecía observarnos desde lo alto.
Habíamos cenado en un restaurante pequeño, discreto, de esos que ella prefiere.
Comimos entre risas, recordando viejos tiempos de nuestra vida, hablando de tonterías.
Yo no podía dejar de mirarla. Sara tenía ese brillo en los ojos que solo aparece cuando se siente libre.
Cuando llegamos a casa, abrió la puerta con la llave que hacía semanas tenía en su bolso.
Dejó la carter