ADRIANO
El sol ya se había movido al otro extremo del jardín cuando Dalia cayó de espaldas sobre el suelo del gimnasio, sudando, jadeando y riendo al mismo tiempo. Le había enseñado los movimientos básicos: cómo zafarse si alguien la sujetaba, cómo desequilibrar a un tipo más grande, cómo usar su peso a su favor. Mi pequeña flor estaba empapada en sudor, el cabello pegado a la frente, pero con una sonrisa feroz.
Ya no era una flor frágil. Estaba sacando espinas, y eso me encantaba.
—Vamos, amor