GAEL MARCHANT
Desperté con la cabeza latiéndome como si me hubiesen metido una batería de percusión adentro. El sol me dio directo en la cara, cruel, sin piedad, y lo primero que hice fue estirar el brazo buscando un cuerpo tibio junto al mío.
Nada.
Sábanas frías.
Me senté, todavía aturdido, repasando los pedazos dispersos de la noche anterior. Copas. Risa. Música. Y ella. Annastasia.
Una mujer como no había visto en mi vida. Ese mechón blanco cayéndole entre el cabello oscuro, esa mirada imp