ADRIANO
La tenía en mis brazos, desnuda, dormida, tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo que me parecía imposible soltarla. Sus cabellos se derramaban como una cascada oscura sobre mi pecho, su respiración tibia marcaba un ritmo que calmaba a la bestia en mi interior. Pasé mis dedos por su espalda desnuda, lenta, reverente, y besé su piel como si fuera lo mas delicado del mundo.
Dalia. Mi flor. La madre de mis hijos. El único lugar donde todo en mí se volvía humano.
La apreté un instante más,