ADRIANO
El reloj de la oficina marcaba las nueve, pero el aire tenía el filo de la medianoche. Cerré la puerta con llave y me senté en la cabecera de la mesa. A un lado estaba Gael, tomando notas en su cuaderno como si fueran de vida o muerte. Enfrente, Enzo, espalda recta, la mirada fija en Alessandro como un francotirador. Y junto a él, mi primo, con la misma calma peligrosa que heredamos los dos: ojos azules, manos en los bolsillos, como si la sala entera fuera su territorio.
Alessandro exte