ADRIANO
El jet privado descendió suavemente sobre la pista de Charles de Gaulle, y el corazón de Dalia latía tan fuerte que podía sentirlo en la palma de su mano, que yo mantenía firme entrelazada con la mía. Desde la ventanilla, sus ojos se abrieron como dos faros de ilusión.
—Adriano… es París.
Sonreí. Esa inocencia en su voz, esa emoción que ni siquiera trataba de esconder, me desarmaba por completo.
—Es París, amor. Y es todo tuyo.
Un auto negro nos recogió y nos llevó directo al hotel que