Noche de bodas.
ADRIANO
El auto se deslizó por la avenida iluminada de la ciudad, alejándose de la mansión entre pétalos de rosas y risas que aún resonaban en mis oídos. No quise llevarla directamente a casa. Aquella noche merecía algo distinto, algo inolvidable. Por eso había preparado todo en silencio: la suite presidencial del mejor hotel de la ciudad nos esperaba.
Dalia, recostada en mi hombro, miraba por la ventana con los ojos brillosos.
—Fue perfecto, Adriano. Absolutamente perfecto.
—Aún no ha terminad