ENZO
Entré a la oficina de Blackstone como si nada. Gael me fulminó con la mirada, pero no se interpuso. Supongo que el Cuervo le había dado la orden de dejarme pasar, aunque me recibiera con el veneno listo en la lengua.
Adriano estaba de pie, con esos ojos azules clavados en mí como dagas. No se molestó en fingir cordialidad.
—¿Qué quieres? —escupió, con esa rabia que parecía latirle en las venas.
Sonreí, ladeando la cabeza.
—Hola para ti también, cariño.
Él no se movió. Sus manos estaban cer