DALIA
—¿Creíste que me rendiría? —su voz resonó en mi oído, baja, grave, y cargada de algo que me heló la sangre—. Nos volvemos a ver, Dalia.
El corazón me explotó en el pecho.
No tenía que verlo para saber quién era.
Theo.
Empujó la puerta conmigo atrapada en su agarre, y la cerró detrás de nosotros. Mi bolso cayó al suelo, pero no solté las llaves; las apreté hasta que el metal se me clavó en la piel, como si ese dolor pudiera mantenerme despierta, consciente.
—¡Mmm! —intenté gritar, pero su