Adriano, estás herido
DALIA

El sonido de mis propios sollozos aún llenaba la sala cuando mis ojos se desviaron hacia la puerta. Entreabierta. El ramo de flores seguía ahí, intacto en el felpudo.

Dalias rojas y blancas, con las ramitas de lavanda que ya me eran tan familiares. El mismo ramo que había recibido semana tras semana.

Levanté la mirada hacia él. Adriano me observaba en silencio, sus manos aún sobre mis hombros, su respiración fuerte después de la pelea.

—¿Eras tú? —pregunté, apenas un susurro—. ¿Las flores
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