ALESSANDRO CARPENTIER
Empujé la puerta del departamento con el hombro y cerré dos cerrojos de memoria. La ciudad sigue lloviendo, pero aquí adentro huele a madera limpia y a silencio. No le doy tiempo al silencio: voy directo al baño, abro el botiquín y saco gasas, suero y un analgésico en crema. Mi gatita me sigue sin soltar la camisa; tiembla poco, más por la rabia que por el miedo.
—Siéntate aquí —le indico, tocando la cubierta de mármol—. Quiero ver ese labio.
Me obedece con la misma terque