DALIA
El camino de regreso fue un silencio roto. Mis manos seguían temblando, apretadas contra las rodillas, y mi respiración se entrecortaba aunque intentaba disimularlo. Sentía el corazón todavía golpeándome las costillas como si quisiera salirse, como si no hubiera entendido que ya no había armas apuntándonos.
Adriano conducía con la mandíbula apretada, los nudillos tensos en el volante. El aire a su alrededor era electricidad pura, cargado de rabia contenida y miedo disfrazado. Yo lo conocí