Cocinando para Adriano.

ADRIANO

El cristal frío de la ventana era el único testigo de mis pensamientos. Afuera, la ciudad se movía como siempre: autos, gente apurada, el ruido cotidiano. Pero yo solo pensaba en ella, mis ojos bajaron a la multitud y como si mis deseos se materializaran, ahí estaba.

Dalia, mi pequeña flor.

Caminaba despacio por la vereda de enfrente, la cabeza gacha, como si cada paso le pesara toneladas. El corazón me dio un vuelco brutal, tanto que tuve que apoyar la mano contra el vidrio. Mi cuerpo quería salir corriendo, atravesar el pasillo, bajar los pisos de dos en dos y alcanzarla en la calle. Quería tomarle la mano y no soltarla nunca más.

Me quedé helado, cuando la vi cruzar y entrar mi empresa. Tal vez subiría. Tal vez entraría a mi oficina y todo este infierno se acabaría.

Esperé.

Pasaron los minutos. El reloj pareció reírse de mí. Y cuando volví a mirar, la vi alejándose, con su silueta perdiéndose entre la multitud.

Mi pecho dolió.

La puerta del despacho se abrió y Gael entró, s
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