Estoy recuperando a mi Dalia.
ADRIANO
—Adriano… —susurró mi nombre como si todavía no supiera si podía confiar en él.
Yo la miré, sosteniendo su rostro entre mis manos. Sentía bajo mis dedos esa piel que tantas veces deseé acariciar en otro tiempo, cuando despertaba tetrapléjico y ella era mi fuerza, mi paciencia, mi mundo entero.
Y me odié a mí mismo por haber olvidado todo eso. Por haberla despreciado cuando más me amaba.
—Di algo—pedí con la voz baja—. Lo que sea… pero dilo.
Su respiración temblaba.
—No esperaba esto… no