JACKELINE
La luz entraba como a pellizcos por la cortina sin cerrar, pintando rayas doradas en el suelo de concreto pulido. La ciudad allá abajo rugía en sordina, como si supiera que aquí arriba el mundo tenía otro ritmo. Me desperté despacio, primero ese aroma amaderado y varonil, él—, después el peso tibio de un brazo rodeándome la cintura, y por último la certeza absurda de que yo, la que no se quedaba nunca, estaba todavía aquí.
Su pecho se amoldaba perfecto a mi espalda. Tenía el rostro en