DALIA
La habitación estaba en silencio, apenas roto por el pitido constante de la máquina que registraba mis signos. El dolor en mi costado aún latía, pero era soportable comparado con el alivio de estar viva. Cerré los ojos un instante, pensando en lo cerca que había estado de perderlo todo.
La puerta se abrió despacio. Reconocí esos pasos antes de verlo.
—¿Enzo? —susurré, incorporándome apenas.
Entró despacio, como si temiera interrumpir mi descanso. Su mirada, normalmente desafiante, estaba