Ella tenía que seguir siendo mía.
GAEL
Pasaron los días.
No fui a verla.
Pregunté por ella, sí… a los médicos, a la enfermera, incluso a Lia.
Pero no me atreví a entrar a esa habitación.
Sabía que si la veía, si escuchaba su voz, todo lo que había tratado de reconstruir en mi cabeza se derrumbaría otra vez.
Así que me refugié en mi rutina: entrenamientos, reuniones, trabajo, whisky.
Dormía poco, comía menos.
Y cuando cerraba los ojos, la veía: tirada en el suelo, llena de sangre, sus labios temblando mientras decía que me a