ADRIANO
Alexander ya casi dormía.
Su respiración suave era un pequeño milagro entre mis brazos.
Lo balanceaba despacio, caminando por la habitación con esa mezcla de ternura y cansancio que solo un padre entiende.
Dalia estaba sentada en la cama, con la luz cálida de la lámpara bañando su rostro.
Sonreía mientras doblaba la ropita diminuta de los trillizos, cada pieza más pequeña que la anterior.
—Ya falta poco para que se duerma, amor —dijo en voz baja.
—Eso espero, este pequeño tiene más ener