ALESSANDRO
El olor a pan recién amasado todavía me cubría las manos, pero lo que me hervía en la sangre no era la masa. Era esa imagen: Enzo acariciándole la cara a Dalia, abrazándola mientras ella lloraba.
Tragué veneno en silencio. Si no fuera porque Adriano confía en él como en su propia sombra, ya le habría volado los dientes sin pensarlo dos veces. Nadie toca lo que pertenece a mi primo. Nadie toca lo que pertenece a mi familia.
Pero entonces miré a Jacke, de pie a mi lado, con los brazos