ADRIANO
El sótano olía a óxido, humedad y miedo. La luz del único foco colgaba desnuda del techo, lanzando sombras que bailaban sobre las paredes manchadas. Los cinco prisioneros estaban atados a sillas de metal, los labios partidos, los ojos desafiantes, aunque el sudor y la sangre les chorreaban por la piel.
Yo estaba de pie frente a ellos, con Enzo a un lado, Gael fumando con calma fingida y Raid observando en silencio, como un depredador esperando el momento de atacar.
El primero escupió al