ADRIANO
El sótano volvió a llenarse de gritos. Esta vez no eran de resistencia, sino de dolor puro. Enzo apretaba las tenazas con paciencia macabra, arrancando uñas como si fueran simples astillas. El olor a hierro, sudor y miedo impregnaba el aire.
El primero de los prisioneros ya no podía sostenerse erguido; su respiración era un jadeo quebrado. Gael se inclinó frente a él.
—Habla de una vez.
—¡Quieren… quieren sacarte del medio! —escupió sangre, temblando—. No eres digno… de lo que heredaste