DALIA
Los días habían empezado a tener un ritmo bonito, casi predecible… y me gustaba así.
En el minimarket todo iba perfecto.
El trabajo era tranquilo, y la dueña, la señora Miriam, me trataba con un cariño que no esperaba cuando entré.
Desde el primer día había notado mi gusto por la repostería y, una tarde, mientras me veía colocar las bandejas de pan en la vitrina, me lo propuso con esa sonrisa de comerciante que huele una buena oportunidad a kilómetros.
—Dalia, ¿por qué no vendes aquí tus