—Me alegro mucho de que los dos hayan venido—dijo su abuelo, estaban en la habitación, ambos sentados frente a la cama donde estaba su abuelo.
La puerta de la habitación se abrió una vez más y Franco entró por ella.
—¿Llego tarde? —preguntó, su mirada posándose entre sus sobrinos.
—No, ellos acaban de llegar—dijo Fabrizzio—. ¿Me ayudas? —Levantó su mano y Franco fue a su lado, poniendo a su padre de pie y dándole el bastón para que caminara por sí mismo. Los nietos seguían las acciones del abuelo con la mirada, hasta que este se quedó de pie en frente de ellos—. Los dejaré a solas para que hablen, para que hablen de verdad. Entonces y solo entonces saldrá uno por esa puerta y me llamará, cuando todo esté resuelto entre los dos es cuando yo entraré.
—¿Por eso estamos aquí? — preguntó Dante, poniéndose de pie—. Creí que eras tú el que ibas hablar con nosotros, no entre nosotros.
—Pues creíste mal, siéntate y habla con tu hermano, avísenme cuando todo esté dicho.
Dante volvió a sentarse