Eran las 10:00 h de la mañana cuando ella decidió caminar por el jardín. Fiorella llevaba en su mano derecha una taza de té, mientras él caliente iba subiendo ella miraba las flores que las rodeaban, amaba a su jardín.
Desde que su esposo abandonó la casa, el espacio era muy grande, aquella noche fue bastante incómoda para ella y no logró dormir muy bien. Pensar que aquella mujer, su examiga estaba planeando quedarse con lo que les pertenecía a sus hijos la llenaba de temor y al mismo tiempo de una fuerza enorme que la hacía sentir capaz de cualquier cosa con tal de no dejar que esa mujer se saliera con la suya y que no le robara lo que a sus hijos le pertenecía; ella sabía, ella era consciente de que era una situación personal donde el blanco no eran sus hijos, el blanco era ella. Siempre había sido ella.
Pero la única forma de herirla era a través de sus hijos y por eso aquellos eran los ataques que más le dolían.
Si Gio decidía darles el apellido a esos dos hijos con su amante, des