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Sus pulgares juegan con sus labios, dejando un espacio más abierto para su lengua, para que su lengua viajara al punto exacto donde provocaba en ella un choque eléctrico en su cerebro que envía una descarga por todo su cuerpo, la siente, la escucha, sabe que está cerca, pero no puede bajar el ritmo, no puede contenerse, saber que ella está a punto lo deja más desesperado, porque él es el dueño de eso, de sus gemidos, de cada orgasmo que ha tenido. Ella controla su locura, pero él le controla todo el cuerpo.

Le gusta tenerla así, le gusta estar así con ella, tener en su boca el sabor más adictivo que jamás había probado, poder comérsela de esa manera, cuan manjar infinito a su disposición. La forma de su gemido le avisa que no hay tiempo, que ya está allí, mira una última vez aquella humedad y los sueves y casi imperceptibles temblores, hasta que se hacen más evidente, pega su lengua a ella, pero no con la punta, recorre la parte centrar y ajusta sus manos a sus caderas, aprisionándola
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