—Somos de Nueva York, pero llevamos veinte años aquí. Desde que nuestros hijos se independizaron, sabíamos el destino al que íbamos. —El señor Kent era quien hablaba, mientras que la señora Kent y Chiara llenaban sus copas. Hace media hora que Daniele se había tenido que ir, a regañadientes y porque tenía ya varios compromisos. El almuerzo estuvo muy bien, la señora Kent cocinaba delicioso y la plática era amena.
Dos botellas de vino y uno ya por la mitad, Chiara sonreía también, como si cada p