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—Vamos—dijo, todo su cuerpo fuera de sí, las lágrimas saltando de sus ojos y su voz temblorosas, como sus manos, como sus piernas. Miró hacia atrás, la casa de su hijo comenzaba a quedar cada vez más lejos según avanzaba el chofer—. Detenga el coche—pidió—. Y salga un momento, por favor.

Cuando se quedó a solas comenzó a llorar, no un llanto moderado, gritaba, sus manos temblorosas pegadas a su pecho y las lágrimas bajando en cascada de sus ojos.

—¡No! —Gritó—. ¡No puede ser! —llevó sus manos a la cabeza, moviéndose de un lado a otro como si meciera su cuerpo—. ¡No es él! ¡Es un mentiroso! ¡Mi bebé murió!—Ese no era su Daniele, eso era imposible.

Necesitó bastante tiempo para controlarse, dejar sus gritos, controlar sus nervios, apaciguar su dolor.

Era el color de sus ojos, pero en su mirada no estaba la ternura de su Daniele, en su voz, en sus palabras, en ninguno de esos años que ya habían pasado.

Llamó al chofer para que entrase.

—Señora, ¿se encuentra bien?

—Necesito ir al cemente
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