—Vamos—dijo, todo su cuerpo fuera de sí, las lágrimas saltando de sus ojos y su voz temblorosas, como sus manos, como sus piernas. Miró hacia atrás, la casa de su hijo comenzaba a quedar cada vez más lejos según avanzaba el chofer—. Detenga el coche—pidió—. Y salga un momento, por favor.
Cuando se quedó a solas comenzó a llorar, no un llanto moderado, gritaba, sus manos temblorosas pegadas a su pecho y las lágrimas bajando en cascada de sus ojos.
—¡No! —Gritó—. ¡No puede ser! —llevó sus manos a