SERENA
Quiero correr a Dante, a su calor, pero la furia y el dolor me atan, mis pasos temblando mientras me alejo del coloso de vidrio y acero.
—Serena, espera —llama Gabriele, su voz tensa, alcanzándome en la acera, sus ojos grises buscando los míos.
Me detengo, girándome, mis puños apretados, mis uñas clavándose en las palmas.
—¿Qué quieres? —siseo, mi voz rota, pero sin perder las fuerzas—. ¿Más excusas? ¡¿Qué demonios quieres?!
—Vamos a tomar algo —dice, su mano alzándose, como si pudiera calmarme—. Hablemos, por favor.
Niego con la cabeza, mi mirada endureciéndose, la traición quemándome.
—No —replico, mi voz temblando de rabia—. No confío en ti, Gabriele. No fuiste sincero. No me advertiste de esta mierda con papá y Damiano. ¡Me dejaste sola ahí dentro!
Él se tensa, sus ojos brillando con ofensa, su mandíbula apretándose.
—¿No confías en mí? —pregunta, su voz baja, herida—. Serena, te dije que tuvieras cuidado. Hice lo que pude.
—¿Lo que pudiste? ¡Claro!—grito, dando un paso hac